| | "Torpemente
venía cada tarde con su humildad cansada, con sus manos heroicas de
obediencia, rebuscando una última sobra de compasión, un
residuo de hambre que ya no nos sirviese. Sonreía a los pájaros
y era nuestra su furtiva bondad, se nos hacía nuestra su costumbre de
no tener amor, su terrible paciencia extenuada de ir restaurando a trechos
un muñón de vestido, una leña de vida, un ademán
de abyecta caridad. Inquilino de cada humano corazón, qué
precio, y no regalo, el que iba pidiendo en un pecho dichoso, en una puerta
de madera alegre, ahorrándonos la lástima con la que se ayudaba al
alquiler inconsolable de su vida. Pasó durante muchos días
frente a nuestra miseria y él la iba mostrando, la iba haciendo de todos, la
cambiaba por cuencos de esperanza vacíos, por un pan para nunca (perdone
usted por Dios), por una nada que tuviésemos que darle para hermanar
lo pobre con lo pobre. Y volvía, cada tarde volvía como si
fuese una llaga que se acerca para doler, que viene andando mientras muda de
cuerpo, y volvía a pesar de nuestra igualdad de desvalidos, a pesar
de que teníamos un mismo préstamo para vivir, de que éramos
casi tributarios de su humana intemperie. Hasta que al fin, de pronto, no
volvió más. Su terco cuerpo ultrajado, su inclemencia de despojo, su
bocanada de rotura comunal, se fueron no sé dónde. Era el otoño y
no venía a pedirnos la renta de nuestro poco de prójimos inútiles. Quizá
alguien no supo restañar su indigencia (no hay nada, hermano, vuelva
otro día) y ya no quiso volver más, ya no quiso enfrentarse más
con esa nada ajena, dando tumbos de gratitud mezquina entre las sombras, rodando
desde su inválida hermandad. Pero aquí se ha quedado la pobreza
que somos, haciéndose mayor, envileciéndose de verse solitaria como
un dolor que hubiera menester de otro dolor, y ese pan que apenas si nos sobra, que
apenas si nos vale para partir en dos lo único, nos emplaza en la vida
como reclusos perpetuos, como condenados a padecer de algún hambre
diaria, y puede ser que el vaho de su miga anhelante reduzca a servidumbre
la escasez de consuelo para que sí podamos compartir nuestra miseria".
|